"Un día, el Rey de Kosala, subió a la torre de su castillo con la reina Malika. El Rey, que miraba en silencio la ciudad subyacente de Sravasti tan animada, la ciudad donde había nacido el Buda, volviéndose hacia la Reina, le preguntó de improviso: “¿Malika, hay alguno en este momento y en este mundo que ames más que a ti misma?
La Reina, después de haber reflexionado un poco, respondiό con tono de confesión: “Majestad, me parece que no hay nadie que yo ame más que a mí misma. Pero tu, mi señor, ¿Tienes a alguien que ames más que a ti mismo?”.
“Me temo que no, Malika.”
Aunque estuvieran los dos de acuerdo sobre este punto, esta conclusión les pareció un poco diferente respecto de las enseñanzas del Buda, que predicaban el amar incondicionalmente a todas las personas como a sí mismo.
Entonces los dos bajaron de la torre y fueron a hacer una visita al Buda, que se encontraba en meditación en el bosque de Jeta. Le expusieron su problema y sus sentimientos y le pidieron consejo. Después de haber escuchado a ambos con la mente abierta y en silencio meditativo, el Buda respondió con estos versos:
"El pensamiento de un ser viviente puede ir donde quiera.
Pero donde quiera que vaya, no puede encontrar a nadie
que le sea más querido que sí mismo.
Del mismo modo, también los demás se aman
a sí mismos más que a nada.
Entonces, aquellos que conocen el amor de sí
no deben herir a los demás."
En la respuesta del Buda se advierte la experiencia de quien no tiene ilusiones, de quien ha conocido a fondo la verdadera naturaleza propia y se ha liberado de la mente ilusoria. Algunas personas dicen continuamente:
“No me importa mi vida siempre que tu estés bien”, o también:
“Dedicaré todo mi ser al mundo, al bien de los demás, sin tener en cuenta mi vida”, o también:
“Por mis hijos me arrojaría al fuego si hiciera falta”.
El Buda, que había estudiado bien la mente condicionada, había entendido que si no nos amamos a nosotros mismos, no podemos amar a los demás auténticamente, sin dobles objetivos. Todos somos un ser único, y el amor debe partir de nosotros mismos, porque si nos amamos, Sera más fácil amar también a los otros; pero si no nos amamos, si no tenemos en cuenta nuestra vida, ¿Cómo podemos verdaderamente ayudar a los demás sin buscar un interés? Solo quien alcanza la última parte del verdadero amor por sí mismo puede superar la barrera que lo separa de los demás, y sentirlos como un todo consigo mismo, compartiendo tanto las alegrías como las tristezas. Entonces, no se logrará vivir sin ayudar a los otros libremente, sin recibir nada a cambio. En Budismo, éste estado mental se llama compasión y es aquel estado al que tienden todos los practicantes. El amor por los demás tiene su punto de partida en el amor por sí mismo, porque son una misma cosa: si nos amamos con ese amor verdadero incondicionado y sin objetivo, lograremos amar a los demás. Pero si no logramos liberarnos del ego negativo, aquello que llamamos “amarse a sí mismo” se convierte en un amar con segundos fines, que a menudo pasan inadvertidos, es un falso amor por nosotros mismos. Aparentemente el narcisista, o el egoísta, se ama mucho a sí mismo, pero en realidad está lejos de amarse y de amar a los otros.
El amor verdadero hacia sí mismo y hacia el mundo crea un sentimiento de compasión. En el Budismo japonés este sentimiento, esta condición de amor absoluto y compasión unidos se llama Jihi. El ideograma japonés Ji connota el amor de Buda, el ideograma Hi su compasión. La sonrisa con que viene siempre representado el Buda, indica precisamente este estado de amor absoluto compasivo hacia todos los seres. Es hacia este estado al que debemos dirigirnos, si queremos verdaderamente vivir en armonía con nosotros mismos y ayudar a los demás.
Por eso, cuando encontramos la persona amada, vemos en su cuerpo el cuerpo del Universo, en sus ojos toda la luz del Universo, en sus alegrías la alegría de todos los seres y en sus sufrimientos los sufrimientos de todos los hombres. Solo así será un amor universal, incondicional, solo así podremos decir que amamos verdaderamente. El amor y la compasión que derivan son el más grande y noble sentimiento que la naturaleza humana pueda expresar, y es tan difícil lograrlo, que no debemos perder tiempo. En el Zen se dice que “el tiempo pasa como una flecha, por eso pongámonos enseguida al trabajo; la meditación Zazen, el vivir en estado de conciencia y en el abandono del egoismo, son nuestros instrumentos principales."
ENCONTRAR A LA PERSONA AMADA
Maestro Tetsugen, de su libro "ZEN"
Maestro Tetsugen, de su libro "ZEN"

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