lunes, 27 de julio de 2015

EL ERMITAÑO.





El hombre es un depredador y el tigre un sobreviviente, por eso un día hace mucho tiempo, me hice tigre.
Como todo tigre no me gusta la gente, el monte es mi dojo. Donde todos hacen lo que deben hacer sin que nadie les diga cómo y cuándo hacerlo.
Los pájaros cantan el dharma, los caballos pastean, el viento azota sin rebenque, el frió se hace sentir y congela los charcos y el bebedero de los perros.
Los grillos cantan y solo dejan de hacerlo cuando el hombre camina.
La vida es sencilla sin los aullidos del ego, y el monte es mi casa sin adornos.
El pueblo queda cerca, pero cada vez me cuesta más bajar a la civilización, mucha gente y soy arisco.
Vienen alumnos a regar sus semillas al vivero que es el dojo, pero no molestan, no soy de recibir visitas, les rehusó, como tigre tener el hombre cerca siempre es motivo de alerta.
Para mi Buenos Aires, ya no es querido como en el tango, es la tumba del pasado donde no me volvería acostar.
Mi familia reclama mi presencia, y los invito al monte, ellos ya me conocen, saben que he muerto dos veces, una cuando me convertí en sobreviviente y la otra cuando me hice monje.
Ya va para el año y medio que no piso esos pagos, el desapego nunca fue una materia difícil para mí.
La barba crece como marcando el tiempo que no existe, y la dejo como señal del recorrido que va en cuenta regresiva, la parca se acerca y no le pestañeo, pues con ella ya nos conocemos la vi venir varias veces, pero a llevarse a otros, muchos amigos. Antes solía cuestionarla, porque no me llevaba, ahora entendí que todo tiene su momento.
Creo que el monte será lo último que vea en mi último zazen, antes de volver a casa.
UN NADIE JUEI MU.

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